viernes, 23 de noviembre de 2012

¿Importa algo el nivel de deuda pública?

Hace ya unos años que formamos parte del "euro", de la Unión Económica y Monetaria. El diseño del euro requirió una serie de fases durante las cuales los países que aspiraban a formar parte de él (y algunos que se añadieron posteriormente) se comprometían a hacer converger sus economías hacia unos determinados objetivos. Es como si te dicen que para subir a un tren en marcha primero tienes que acercarte los suficiente al vagón y ajustar tu velocidad a la del tren. Hasta ahí, nada raro.

Una vez dentro del euro todos los estados miembros se comprometen a mantener un nivel de deuda pública por debajo del 60% del PIB y un límite para el déficit público del 3%. La idea es tratar de lograr que la UEM funcione de forma armónica. En román paladino, ya que vamos a pagar a escote debemos asegurarnos de que todo el mundo pide cosas del menú, y no de la carta. De hecho existe un procedimiento de déficit excesivo que debe velar por la observancia de la norma y que prevé incluso la imposición de sanciones financieras a los países que lo incumplan. España incumple. Lo mismo que casi todos los demás países de la Unión. Pero... ¿importa algo?. ¿No son esos parámetros meras cifras que "no salen de ninguna ecuación"? Vamos a tratar de arrojar algo de luz sobre el asunto:

Una de las consecuencias de la actual crisis ha sido el crecimiento espectacular de la deuda pública española como puede verse en el siguiente gráfico:

El nivel del 60% del PIB se alcanzó a tiempo (1999) y continuó descendiendo durante el resto de la legislatura de Aznar y la primera de Zapatero, hasta que nos metimos en esta "desaceleración transitoria ahora más intensa". Y estamos más que sobrepasados.

Pero más allá de los compromisos internacionales ¿tiene la más mínima importancia el nivel absoluto de deuda pública?. La siguiente expresión relaciona algunas de las principales magnitudes (esto es un guiño para alguien que me dijo que "no hay ninguna fórmula"):

Donde bt es el porcentaje de la deuda pública respecto al PIB en el momento t. dt es el déficit primario, esto es, el déficit una vez descontados los intereses de la deuda. En el quebrado, el numerador (1 + it) representa el pago de intereses de la deuda en el período t, pero hay que dividirlo por lo que crece el PIB durante ese mismo período y que viene representado en el denominador. El primer paréntesis recoge la subida de precios (π = deflactor del PIB) y el segundo el crecimiento real (G). (El producto de los dos da el crecimiento nominal del PIB). El último término εt es un término para corregir efectos de imputaciones temporales, vencimientos, etc. (Por ejemplo, el gobierno puede emitir deuda el 28 de diciembre para hacer frente a gastos que computen en el déficit de enero).

Si introducimos la ecuación anterior en una hoja de cálculo y damos valores a los parámetros cercanos a los que se esperaban en aquel momento veremos como ese nivel de déficit y deuda son estables a largo plazo. Si el objetivo de inflación del BCE es del 2%, el crecimiento real del PIB se podía calcular en el entorno de otro 2% y el tipo de interés de la deuda en torno al 4% es fácil ver que se podía sostener un déficit permanente del 3% sin que la deuda excediera el 60%.

Vale. Niveles del 60% de deuda y del 3% de déficit son compatibles con una cierta estabilidad, pero también pueden serlo otros.

¿Hay algo más en relación al nivel del 60%?

Pues parece que sí. Traigo aquí dos referencias recientes. La primera de ellas aparece en el último informe del Fondo Monetario Intenacional que se puede encontrar aquí. En la página 108 aparece el siguiente gráfico:

La gráfica muestra el crecimiento relativo de un país en relación a los de su entorno dependiendo de su nivel de deuda pública respecto al PIB. (En realidad no es tan sencillo ya que cogen el crecimiento de los 15 años posteriores a que el país alcance cada nivel de deuda). La linea azul representa episodios de países cuya deuda crecía al alcanzar cada nivel de deuda y la roja los que alcanzaban ese nivel en una tendencia decreciente.

Los datos parecen mostrar que niveles reducidos de deuda (por debajo del 40%) están asociados con mayores tasas de crecimiento. Hay también niveles de deuda elevados con tasas de crecimiento elevadas en países cuyo nivel de deuda (alto, en torno al 100%) estaba descendiendo. En todo caso, el crecimiento es más alto en países con niveles de deuda decrecientes y parece claro que a partir de un determinado nivel de deuda (entre el 50 y 60%) éste supone un lastre económico importante.

Los datos del FMI se refieren a multitud de países y son episodios de un amplísimo período de tiempo. ¿Son así las cosas también en la Eurozona y en el siglo XXI?. Una respuesta puede hallarse en el working paper del Banco Central Europeo "DEBT AND GROWTH NEW EVIDENCE FOR THE EURO AREA" y que puede descargarse aquí. Lamentablemente este artículo no tiene ningún bonito gráfico que insertar y es un poco aburrido pero puedo resumir las conclusiones:


  1. Por debajo de un 67% (con un intervalo entre 63 y 69 al 90% de confianza) la deuda pública tiene un impacto positivo en el crecimiento a corto plazo.
  2. Por encima del 95% (entre 80 y 100) el impacto de la deuda pública es negativo sobre el crecimiento
  3. El impacto positivo del estímulo fiscal decrece rápidamente en la medida que el nivel se acerca al 67% pudiendo llegar a ser negativo.
  4. La evidencia presentada parece indicar que estímulos fiscales (keynesianos) serían efectivos para niveles bajos de deuda pública e inútiles a partir de niveles en los que nos encontramos. 
Resumiendo: estamos sobrepasados. Seguir así no nos lleva a ningún lado e impide o dificulta las hipotéticas medidas de estímulo. Hay que reducir el porcentaje de deuda pública de nuevo a niveles aceptables como sea.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El termostato de Friedman

Es una pena, pero es muy difícil hacer experimentos en Economía. Es cierto que hay un enfoque de laboratorio en lo que se ha venido en llamar behavioral economics o Economía Conductual, pero su alcance es muy limitado circunscribiéndose sobre todo a cuestiones que tienen más que ver con la Psicología que con la Economía.

También hay un enfoque experimental en la evaluación de actuaciones de lucha contra la pobreza que merece la pena conocer.  Sin embargo, lo normal es que para contrastar hipótesis los economistas tengamos que esperar a que el experimento ocurra fortuitamente y confiar en que los datos que se puedan recoger arrojen suficiente información.

Pero hay un tipo de problemas en Economía que son muy difíciles de abordar incluso cuando disponemos de todos los datos relevantes. En concreto me refiero a un problema tan importante como el de la evaluación de la efectividad de las políticas monetarias y fiscales. ¿Podemos saber, con datos en la mano, si de verdad la política monetaria o la política fiscal (la política económica del gobierno) sirven para algo?.

El primero que creo que señaló el problema fue el genial Milton Friedman. La idea es la siguiente: supongamos que tenemos un panel donde podemos observar la temperatura que hace en la calle, la temperatura que hace dentro de casa y el consumo de gas de la caldera de calefacción. Supongamos que el consumo de gas lo controla un termostato que hace muy bien su trabajo manteniendo la temperatura de la casa estable. En nuestro panel veremos que el consumo de gas sube y baja sin ninguna relación con la temperatura interior. También veremos que la temperatura exterior sube y baja sin relación con la temperatura interior. Un estadístico podría rechazar que exista ninguna relación entre el consumo de gas o la temperatura exterior con la temperatura interna de la casa. De la misma manera, una mera relación estadística nos diría que el consumo de gas y la temperatura exterior de la casa están correlacionadas: cuanto más gas consumimos más baja la temperatura exterior, y viceversa.

La evaluación de las políticas económicas medida como la correlación entre los instrumentos a disposición del gobierno (el consumo de gas de la caldera) con los objetivos de la política (mantener una temperatura interior confortable y estable) será nula: aparentemente no tendrán nada que ver.

Otra metáfora sobre el termostato de Friedman puede leerse en el siguiente post de Nick Rowe, una parte del cual traduzco a continuación:
Todo el mundo sabe que si aprietas el acelerador el coche va más rápido, si todo lo demás permanece igual, ¿cierto?. Y todo el mundo sabe que si un coche va cuesta arriba el coche irá más despacio, si todo lo demás permanece igual, ¿cierto?.

Imagina ahora que eres alguien que no sabe esas dos cosas. Y que eres un pasajero en ese coche observando al conductor tratando de mantener una velocidad constante sobre una carretera con numerosos cambios de rasante. Verías el acelerador subir y bajar. Verías al coche ir cuesta arriba y cuesta abajo. Pero si el conductor es habilidoso, y el coche es lo suficientemente potente, verías que la velocidad es constante. De modo que si estuvieras observando este particular "proceso generador de datos", podrías llegar a la siguiente conclusión: "¡Mira! La posición del acelerador no tiene nada que ver con la velocidad del coche" o también: "¡Mira! El hecho de que el coche vaya cuesta arriba o cuesta abajo no tiene ningún efecto en la velocidad"; o todavía peor: "¡Eh tíos! Los que pensáis que el acelerador o las pendientes afectan a la velocidad estáis equivocados!"...
 [...]
Si el conductor está haciendo bien su trabajo ajustando adecuadamente la presión sobre el acelerador a la pendiente de la carretera, deberías encontrar una correlación nula entre el acelerador y la velocidad. Cualquier fluctuación en la velocidad debería estar incorrelada con cualquier cosa que el conductor pueda ver. Son los errores de predicción del conductor, porque no puede ver llegar ráfagas de viento. Y si encuentras una correlación entre el acelerador y la velocidad ésta podría ser de cualquier signo. Un conductor que sobreestime la potencia de su motor, o que infraestime los efectos de las pendientes, creará una correlación entre el acelerador y la velocidad con el signo "erróneo". Apretará el acelador al subir una pendiente pero no lo suficiente de modo que la velocidad caerá.


¿Y cómo resolvemos el problema?. Existen varios enfoques:

El primero consistiría en observar con especial atención las situaciones extremas. En el ejemplo del coche observar qué ocurre en situaciones con una cuesta muy pronunciada y con el pedal a tope. O en el caso de la caldera qué ocurre cuando la temperatura exterior es de menos 20 grados y la caldera no puede consumir más gas.

El segundo enfoque consistiría en evaluar si el cambio manifiesto de objetivo (cambiar la velocidad de crucero del coche, la temperatura de la casa o el objetivo de inflación) se alcanza mediante cambios en los instrumentos (pedal, gas, alterar la cantidad de dinero en circulación) de la forma prevista.

El tercer enfoque consistiría en localizar un conductor idiota. Un conductor que pisara el acelerador siguiendo el ritmo de la radio. O un gobernante incompetente o con los objetivos puestos en otra cosa (¿reelección?). Si encontrásemos casos así podríamos encontrar esa relación. Como dice el refrán no hay mal que por bien no venga.

viernes, 16 de noviembre de 2012

¿El fondo del pozo?

La siguiente gráfica muestra la población ocupada en España desde su máximo histórico (tercer trimestre de 2007) hasta el último dato publicado (fuente INE):


La gráfica es desoladora, si bien si nos fijamos en lo que llevamos de 2012 (los últimos  trimestres) parece apreciarse una ralentización del desplome. ¿Es así?

En la misma fuente podemos encontrar también los datos de ocupados en el sector privado:


El número de ocupados en el sector privado en el primer trimestre era de 14.329.000 personas mientras que en el tercero eran 14.328.000 (prácticamente las mismas). Dicho de otra manera, el sector privado está generando empleo al mismo tiempo que lo destruye: no va para arriba, pero tampoco para abajo.

Otro panorama bien distinto lo presenta el empleo en el sector público:

Si nos fijamos en la gráfica, pasamos del entorno de los 2.900.000 empleados públicos a más de 3.200.000 mientras el resto de la economía se desmoronaba. Carezco de datos sobre la cantidad y calidad de servicios públicos ofrecidos a mediados de 2011 y si estos eran mejores o peores que los que se ofrecían en 2006 o 2007. Mi impresión (y esto es una valoración subjetiva y anecdótica) es que en todo caso, en 2011 estábamos peor que 2007 pese a que las plantillas de las administraciones públicas eran un 10% más altas.

En definitiva, en este momento hay 100.000 personas menos trabajando que a comienzo de año y el 100% de dicha caída se ha dado en el sector público. Viendo las series históricas no sería de extrañar que el empleo público vuelva a caer durante el año siguiente en otras 100.000 personas hasta volver a situarse en el tamaño que tenía durante los años previos a la crisis (¡y previos a los recortes!).

En resumen, como diría Serrat:

Bienaventurados los que están en el fondo del pozo
porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

¡Que paguen los ricos!

¿Cuántas veces hemos escuchado la frase que da título a esta entrada para hacer cuadrar la imposible aritmética de nuestras cuentas públicas?. Pero... unos impuestos más altos sobre los más ricos ¿resolverían los problemas de Hacienda?.

En el siguiente gráfico (de elaboración propia a partir de datos de la Agencia Tributaria de 2010, último año publicado) podemos ver cómo era la situación del IRPF por tramos de rendimiento.


La línea negra representa el número de declaraciones por cada tramo. El total de la altura de la columna es la suma de las bases imponibles de todas esas declaraciones por tramo de renta y la parte roja representa la proporción pagada a Hacienda (cuota íntegra del impuesto).

Se pueden hacer muchas cuentas, operaciones y simulaciones pero es sólo la parte azul de la columna la que podría ser "capturada" adicionalmente por el recaudador.

Los tipos impositivos medios sobre la base imponible (que no sobre la liquidable, que incluye deducciones, etc. ) son los siguientes:
Sorprendentemente, el tipo medio pagado por los muy ricos (ingresos totales de más de 601.000 €) es inferior al tipo aplicado al tramo anterior (los que ganan entre 150 y 600.000 €). Esto no ocurre en años anteriores y es debido a la proporción entre rentas de tipo general (con tipos más altos) y rentas del ahorro (con tipo más bajo). El tipo medio es de aproximadamente un 16,83% y la base imponible media es de 20.249 €.

Un ejercicio mental...

Vamos a suponer que el legislador es capaz de redistribuir perfectamente la renta entre todos los ciudadanos (sin alterar su nivel agregado lo cual es ciencia ficción). Vamos a suponer que cada uno de los aproximadamente 19 millones de declarantes percibe 20.249 € anuales. El tipo medio que hoy pagaría un ciudano a ese nivel de renta (interpolando datos) sería de un 12.41 %, de modo que si todos los ciudadanos fuesen iguales habría que subir los tipos impositivos 4,4 puntos pordentuales (¡un 30%!) para recaudar lo mismo. Dicho de otra manera: cuanto más igualitaria es la distribución de la renta antes de impuestos tanto más habrá que subir el tipo impositivo del ciudadano medio para obtener la misma recaudación.

Atención, pregunta: ¿Qué incentivos tiene ningún político, del partido que sea, para mejorar la distribución de la renta antes de impuestos? ¡Ninguna!. Es mucho más bonito y políticamente más comercial y demagógico jugar a Robin Hood.


En resumen: si queremos que los más ricos paguen las facturas... ¡hay que asegurarse de que haya ricos! ¿Demencial?

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sobre Kahneman y una no-contestación a Helena Matute

Hoy, precisamente hoy, se hacía pública la carta abierta que Daniel Kahneman dirigía a un grupo de psicólogos de laboratorio. Básicamente se queja de las malas prácticas científicas en un área concreta de la psicología en la que se han dado varios casos recientes de fraude. Pese a que no es su área de trabajo entiende que la mala praxis de estos investigadores está manchando toda la disciplina y les propone una forma de contrastar externamente sus hallazgos.

Precisamente hoy también, la catedrática de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto, Helena Matute, publicaba una entrada en su blog en la que citando a Kahneman (pero parece que sin darse por aludida) recomendaba a los economistas adquirir algunos conocimientos básicos sobre el método científico. Precisamente hoy, que el Sr. Kahneman les tira a sus colegas de las orejas por manchar su trabajo...

Pensaba contestar a la Sra. Matute... pero no voy a hacerlo.

Pensaba contestarle a su pregunta de dónde estaban muchos  economistas en 2002 cuando Daniel Kahneman recibió el Nobel de Economía que algunos de ellos habían estado ocupados leyéndole y proponiéndole para el premio. Pero no lo haré.

Pensaba decirle que confundir la racionalidad económica de los modelos con la racionalidad o irracionalidad de los mercados es un error de principiante. Por poner un ejemplo, le diría que las conclusiones que sacamos los economistas se parecen un poco a la Ley de los Gases Ideales: no necesitamos conocer el momento y posición de todas y cada una de las partículas de un gas para predecir de forma bastante precisa su comportamiento agregado. De la misma manera, no es preciso detallar el comportamiento de todos y cada uno de los agentes económicos para explicar el comportamiento agregado de los mercados. Pero esta polémica no sólo es vieja... ¡está zanjada! y sólo pretenden abrirla quienes no entienden a qué se refieren los economistas cuando hablan de racionalidad. De hecho, muchos resultados económicos son robustos a la hipótesis de racionalidad. Esto quiere decir que aunque se modele el comportamiento racional (que no quiere decir lo que la Dra. Matute cree en este contexto) los resultados siguen siendo válidos. Para muestra puede leer el artículo del también premio Nobel Gary Becker: Irrational Behavior and Economic Theory publicado ¡en el año 1962!.  Pero no voy a decirle ésto a la Sra. Matute.

Pensaba decirle a la Sra. Matute que estaría bien que se informe sobre a qué dedican el tiempo los economistas. Parece que tiene la idea de que los economistas se dedican a apostar en bolsa, o en el hipódromo. Y cree que los economistas no leen a Kahneman cuando precisamente... son economistas quienes propusieron a un psicólogo (a uno bueno, eso sí) porque su trabajo y aportaciones han sido recogidas en Economía. Otra cosa es la aplicabilidad y capacidad predictiva de las tesis del Sr. Kahneman, que de momento son escasas. Pero no diré tal cosa.

Pensaba decirle que no me extraña que le pidan cosas raras en la Universidad. Tenemos una lista de la vergüenza de la que pocos se salvan. Y la verdad es que no me extraña que pasen cosas... Me quejaba yo en este mismo blog hace una fechas del lamentable nivel de formación en Economía y la Universidad no se salva. A la luz del texto del artículo de la sra. catedrática me temo que ella tampoco ha visto nada sobre Economía en su vida. Afortunadamente sólo el Papa puede hablar ex-cátedra y cualquiera puede decir tonterías en algún momento. Pero no diré nada de ésto.

Pensaba comentarle que para comparar la Economía con la homeopatía o el tarot estaría bien provenir de un campo con un poco menos de tradición magufa. ¿Hacemos un repaso por las teorías psicológicas que han aparecido y desaparecido por el siglo XX sin más soporte que la charlatanería barata? ¿Hablamos del psicooanálisis?. Pero no. No diré nada de ésto ya que lo único que la sra. catedrática demuestra es su ignorancia y no quiero señalarla con el dedo.

Pensaba decirle que los economistas tenemos conocimientos del método y sabemos en qué consiste el rigor (rigor que ella no aplica cuando hila una sarta de sandeces una tras otra en la entrada del blog que no estoy comentando). Y que leemos a psicólogos, por supuesto. Y que actualmente el estado de la Economía Conductista o Behavioral Economics está en sus inicios pero que no parece que vaya a suponer ninguna revolución. Pero no voy a decir nada de ésto.

¿Y por qué no digo nada? Pues muy sencillo. Porque he pillado la broma. La Sra. catedrática utiliza un ingenioso artificio literario autoreferencial: se refiere a la inevitable irracionalidad de la mente humana escribiendo un texto en sí mismo irracional. Francamente inteligente. Casi la tomo en serio.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El agricultor y el señor feudal

Llevo ya semanas dando vueltas a una serie de posts sobre temas de impuestos, pero no consigo darles forma satisfactoria: bien se hacen complejos o bien resulta muy difícil ser a la par escueto y preciso. He recopilado bastantes datos y los iré sacando poco a poco con la esperanza de que en pequeñas dosis se hagan más digestibles.

El post de hoy es una hipersimplificación del problema del gobierno a la hora de fijar una política impositiva. La historia es sencilla pero permite ilustrar algunas cuestiones sobre las que alguna vez he comentado algo.


Pensemos en un agricultor en la Edad Media. Supongamos que el agricultor se dedica a cultivar trigo. Por cada grano que siembra recoge 10 en cada nueva cosecha. Una vez cosechado el trigo tiene que decidir qué parte la destina a simiente para el año próximo y qué parte la necesita para su propio consumo. Hasta ahí el problema es relativamente sencillo: dependiendo de unas necesidades mínimas, sus gustos, de cómo valore su ocio decidirá cómo hacer el reparto.

Supongamos también que las tierras y graneros del agricultor son susceptibles de ser saqueadas por bandidos, forajidos, piratas, soldados de reinos vecinos... El señor feudal del castillo de al lado protege a sus vasallos a cambio de impuestos. El  señor feudal fija el pago en especie que el agricultor tiene que hacer a cambio de la protección.

¿Cómo debería el señor feudal fijar la contribución del agricultor?. Vamos a suponer en primer lugar que el impuesto se fija como una proporción constante del trigo cosechado. Por poner una cifra, un 18% del trigo cosechado. De cada 100 sacos de trigo, el señor se queda con 18. Como hemos calculado que el rendimiento de las semillas es de 10 a 1, para producir la misma cantidad el agricultor debe conservar por lo menos 10 sacos para simiente, por lo que puede consumir 72 sacos de trigo como máximo (100 - 18 - 10 = 72). De hecho, si consume algo menos de trigo podría guardar algo más de simiente para el año siguiente e incrementar la producción.

Supongamos ahora que alguien aconseja al señor feudal cambiar la forma de calcular el impuesto recomendándole cobrar un 18% sólo del trigo que el agricultor destina para consumo y dejando libre de impuestos los sacos que se destinan a simiente. De alguna manera, el agricultor tiene la posibilidad de elegir cuántos impuestos pagará destinando más o menos trigo para su consumo. Si decide consumir la misma cantidad de trigo que en el caso anterior (72 sacos) guardará 13 sacos para simiente y de las otras 87 pagará el 18% (15 sacas) en impuestos. El señor feudal ha recaudado menos. ¡Valiente consejero!

Pero... ¿qué pasa en los años sucesivos?. Es fácil ver que en el primer caso, al año siguiente el agricultor volvía a producir 100 sacos de trigo y la historia volvía a repetirse. Pero... en el segundo caso los 13 sacos de simiente se convierten en 130 sacos de trigo para el año siguiente. De esos 30 sacos de trigo adicionales el agricultor consumirá una parte (y pagará un 18% de impuestos sobre ello) y el resto la ahorrará... ¡incrementando más aún las cosechas futuras y la recaudación futura!.

Por supuesto, en algún momento el agricultor no podrá ya cultivar tantos campos o no querrá trabajar tanto como la progresión anterior sugiere. Tambien es posible que en el primer caso el equilibrio no fuese estático: que el cultivo creciese. Lo que quiero señalar es que en el segundo caso la producción de equilibrio o el incremento de la producción es siempre superior al primer caso. La acumulación de capital propiciada por la nula fiscalidad del ahorro induce mayores niveles de producción y a la larga de recaudación. Para recaudar más (en términos reales) hay que producir más.

Una curiosidad respecto al ejemplo. En el primer caso la presión fiscal (lo que se recauda) es un 18% del PIB. En el segundo caso, la presión fiscal es menor (es un 18% de sólo una parte del PIB, por consiguiente, es menos), y sin embargo en la dinámica a plazo la cantidad total recaudada por el señor feudal sería superior en términos absolutos.

P.S.- Justo después de publicar esta entrada veo el mismo mensaje, con otro ejemplo, en el siguiente artículo de Matthew Yglesias "Why Mitt Romney's Effective Tax Rate Is So Low And Why It Probably Should Be"

sábado, 25 de agosto de 2012

Si torturas lo suficiente a los datos acabarán confesando cualquier cosa

Me encanta Gapminder. La agregación de cientos de series temporales en una herramienta de visualización poderosa es algo maravilloso. Recuerdo hace años cuando para un trabajo de econometría en la facultad o para la elaboración de mi trabajo de investigación la localización y procesamiento previo de los datos era una tarea de chinos. Normalmente los datos eran más escasos y estaban publicados en papel. A veces había cambios metodológicos en las series que obligaban a procesarlos antes de poderlos utilizar. Sin duda la disponibilidad actual de grandes repositorios de datos a todos los niveles es algo fenomenal... y peligroso.

He comentado ya varias veces en este blog que 'correlación no implica causalidad' y que hay que tener mucho cuidado con la correlación en series temporales. En general, creo que hay que tener mucho cuidado con la interpretación de datos si no se tiene un conocimiento adecuado de la realidad que representan. La ubicuidad de datos, estadísticas, series temporales animan al más pintado a buscar cuatro datos que le permitan "verificar" cualquier idea peregrina.

Para tratar de ilustrar lo que quiero decir, permítame el lector guiarle a través de un sencillo ejemplo:

Una de las regularidades empíricas más contrastadas en Economía es la relación negativa entre precio y cantidad demandada: cuanto mayor es el precio de algo ceteris paribus menor será la cantidad demandada por parte de los consumidores. Las palabrejas en latín son importantes. Significa 'permaneciendo el resto de factores constantes'. Se entenderá fácilmente con un ejemplo físico hablando de gases: a mayor presión, menor volumen... ceteris paribus, esto es, siempre que mantengamos la temperatura constante. Si variamos la temperatura la relación entre presión y volumen no tiene por qué cumplir el enunciado anterior.

Es cierto que no siempre se cumple la relación entre precio y cantidad demandada, pero son casos muy extraños.

Supongamos que alguien nos quiere convencer de que en realidad esta relación es un cuento chino. Podría acudir al INE y descargar unos datos que presento en el siguiente gráfico:

Permítame el lector que no revele todavía de qué bien se trata. Lo que está claro es que cuando el precio (de hecho un índice de precios mensual) es más alto mayor es la cantidad demandada de ese bien. Los datos son aplastantes. Ahora podríamos proponer, por ejemplo, seguir incrementando los precios para estimular al sector. O podríamos criticar la Teoría Económica que se estudia en las facultades ya que evidentemente no sirve para nada cuando se enfrenta a los 'datos reales'.

Pero ¿es ésto así?. La clave está en las palabrejas latinas anteriores: ceteris paribus. En los datos que se presentan en la gráfica hay elementos que distorsionan profundamente la información que podemos extraer de ellos, pero para ello hace falta disponer de un contexto: tener suficiente información como para poner en duda las conclusiones anteriores. En este ejemplo, tan pronto como revele de qué se trata, todos estaremos de acuerdo. En otros casos, en relación a realidades económicas más complejas en las que es más difícil entender el contexto que se halla detrás de los datos es necesario dejarse "guiar" por la opinión de quienes estudian y conocen en profundidad los fenómenos en cuestión.

Pero desvelemos ya el misterio. La cantidad del ejemplo es el porcentaje de ocupación hotelera. El precio es la relación de los precios de los servicios de alojamiento respecto al índice general de precios. Es evidente que en temporada alta los hoteles están más llenos y son más caros... y todos entendemos por qué: la gente disfruta principalmente de sus vacaciones en verano.

En este caso todo es bastante evidente, pero invito al lector a que se pregunte ante evidencias tan aplastantes como las del gráfico anterior si las cosas son así de claras o si alguien está tratando de darle gato por liebre.